Mi relación con los números comenzó, con el pie izquierdo, hace muchos años atrás. Nos remontamos a mi época pre-escolar, años felices de pintar y hacer collages de lana picada y cola fría, de embetunarse los dedos de dulces baboseados y columpiarse lo más alto posible.

Primero les relato a modo de introducción mi feliz experiencia con las palabras. Contaba yo con tres años y tanto de vida, cuando por curiosidad natural e iniciativa propia quis aprender a leer, y mi querida madre, que siempre me ha hecho el gusto en todo, se dedicó una semana entera a entrenarme para entrar al maravilloso mundo de las palabras y las letras, una relación feliz, amena y de cariño recíproco, contraria a la historia tortuosa y antágonica de quien les escribe y los fatales números.

Los números, engendros del demonio, me odian y yo no les tengo cariño. Los aprendí a leer, pero algo pasó al momento de conjugarlos. Ya en el colegio, cuando no basta saber leer los números, se consumó para siempre y grabado a fuego en mi piel la enemistad númerica, la primera guerra digital, podría decirse. Figuraba yo en la sala de clases, primero básico, con una guía de sumas y restas. Entendía el procedimiento, dos manzanas mas dos manzanas hacen cuatro manzanas, y si te comes una, quedan tres (y el corazón de la manzana con las respectivas pepas, pensamiento progresista que me llevó al fracaso por aquellos años). Mis compañeritos podían ver las sumas en la cabeza, y quien les relata este triste suceso, no podía, y no puede hasta el día de hoy y contando. Pensé que no me estaba esforzando lo suficiente, y a falta de un "pizarrón mental" tenía mis dedos, y si los dedos no eran suficientes, siempre podía contar con la parte blanca del pupitre para hacer puntitos. Si no terminaba la guía antes mencionada, no podía salir a recreo; uno a uno fueron saliendo los niñitos al patio, recogían sus cuerdas y pelotas, las tizas para marcar el suelo y los paquetitos con queques y sandwiches de mermelada. Yo seguía ahí, los números se rebelaron, y empezaron a moverse en la hoja, bailaban de un lado hacia el otro, se daban vueltas y aparecían otros que no estaban antes. Miraba la hoja, y miraba por el ventanal a mis compañeritos haciendo señas por la ventana, para que me uniera a sus juegos pueriles y felices. Pero la guía me tenía atada a la mesa, los números cual liliputienses me lazaban al asiento y bailaban ante mis ojos.

Años más tarde, la misma historia con las multiplicaciones, divisiones y demases. Mis fieros enemigos numéricos hacían su aparición nuevamente, armados de comas y ceros extra, de sombreros y casitas, escudados con paréntesis y acompañados ¡de letras!. Pero las letras le jugaron una mala pasada a los números, mis aliados algebraicos, agentes secretos de inteligencia, mis espías de guerra, me ayudaron a entender las tácticas de ataque de mis contrincantes. Gané la guerra en una batalla, y las derrotas anteriores me fortalecieron.

Seguimos siendo enemigos, pero ya no me ganan. Las letras, y mi arma de guerra, la calculadora, me ayudan a derrotarlos una y otra vez.